La socialización en videojuegos, el antes y el ahora

Arcade-tiempos

No recuerdo la edad, tal vez fueron 5 o 6 años, quizás menos. Cuando por primera vez jugué en un local de maquinitas. Había llegado por casualidad. Mi padre quería que me entretuviera un poco. Era uno de esos lugares apretujados de niños y niñas, donde se escuchaba de fondo la música de moda y la de los videojuegos, pero sobre todo, el sonido de la alegría, las carcajadas, los botonazos y las cálidas conversaciones sobre cómo pasar nuevos mundos, escenarios o capítulos. Jugar en sociedad.  No recuerdo verme solo. Siempre había alguien apoyándome en cada partida. Ya sea un amigo, alguien de por ahí, o el clásico que esperaba su turno. Poco a poco los juegos arcade pasaron de moda. En su transición llegaron las consolas. Una de sus ventajas, según comentaba la publicidad, podías jugar desde la comodidad de tu casa. Así lo era. Jugábamos mayoritariamente solos. Gritábamos nuestros éxitos en el vacío de cuatro paredes. A tus familiares les importaba poco que terminarás el Sonic, Mario Bros o el Zelda. Luego, algún businessman, dijo: “¿y si hacemos lo mismo que las maquinitas?. Llevaron las consolas de Play Station y Nintendo 64 en locales para renta. Aquello volvía a la vida social. Pero sólo por poco tiempo. Su éxito fugaz duró mientras las consolas no eran tan accesibles para la compra y adquisición. La época posterior, las consolas y videojuegos se centraron en la solidez como arte visual, en su nitidez y realismo, desafiendo hasta la mítica Ley de Moore. No fue hasta hace unos años, cuando recibimos en nuestros hogares la conectividad a Internet. Facilitó no solamente la accesibilidad a la información, sino fue ventana a múltiples medios, a nuevas formas de comunicación. Se había generado, en síntesis, una nueva cultura, y los videojuegos también se aprovecharon de ésta. Ya jugábamos online. Compartimos y socializamos virtualmente.  Todos estos imparables avances han regenerado a una industria. Una industria que se transforma, se adapta. No agoniza, sino disfruta y acaricia los éxitos. Yo he tratado de hacerlo, pero no es igual. El videojuego, para mí, recae en su valor intrínseco de socialización. Por ello, jamás se repetirá la época dorada del videjuego como con los tiempos del arcade. El boom no lo hizo su arte visual, sino toda la experiencia que rodeaba a éste.